ANTONIO SANDOVAL / Son las 6,45 AM en los jardines de Méndez Núñez. Ya se intuye el alba hacia el este. Yo escucho. Clarea poco a poco. Las enrevesadas siluetas de los árboles se van perfilando contra el cielo, como si la sombra uniforme de sus copas se despojara de densidad para revelar su arquitectura de ramas y hojas.

A sus pies no hay esta mañana deshechos de juerga. Claro, ayer fue laborable, y hoy lo será también. Sigo escuchando. Doy unos pasos y me asomo a la avenida para mirar hacia el Obelisco. Se me antoja un espigado vigilante de seguridad a la puerta de la calle Real. Me mira de reojo y mueve una manecilla, como si parpadeara. Regreso al interior de los jardines. Hay todavía poco tráfico. Por eso escucho tan bien.

Lo que tanto me interesa es un relato musical. Se va desplegando igual que el amanecer. Lo narran varias voces, como en un teatro. Habla sobre todo de amor. También de rencillas entre iguales. De la defensa de la propiedad privada. Del arte como enunciación de muchas cosas. Bueno, esto último ya me lo invento yo. Porque quienes cuentan todo eso son pájaros. Y los pájaros de arte poco saben… ¿no?

Concierto pajaril en Méndez Núñez

¿Es el arte algo exclusivo de los humanos? Quizá si nos limitamos a ese misterio que nuestra especie crea y disfruta, y describe como tal. Pero desde que supe que el cerebro de los los pájaros cantores segrega dopamina cuando emiten su música, cada vez que los escucho no dejo de pensar en las fronteras de la expresión. Porque la dopamina está asociada, entre otros, al sistema de placer, a fin de motivar al sujeto a realizar determinadas actividades. De modo que me gusta creer que cuando escribo me siento de forma parecida a un petirrojo cantando en la aurora.

Exacto: como ese que canta ahora. Aquí en los jardines de Méndez Núñez cantan ahora además currucas capirotadas, carboneros comunes y garrapinos, tórtolas turcas, palomas torcaces, estorninos negros…

El primer domingo de mayo de cada año se celebra el International Dawn Chorus Day, el Día Internacional del Coro del Amanecer. Los organizadores lo describen como una celebración de la sinfonía de la naturaleza. Consiste en algo bien sencillo: convocar a cuantas personas lo deseen para que madruguen y acudan a escuchar los cantos de las aves en un paisaje próximo antes de desayunar. En algunos países consiguen decenas de miles de participantes. Los conciertos son gratuitos. Y muy hermosos. A mí este año me tocó hacerlo en Allariz, pero no he querido perderme un par de días después la música del centro de mi ciudad.

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“Sigo escuchando. Podría cerrar los ojos para entregarme sólo a las voces de los pájaros. […] Podría también cantar. […] Pero no. […] Lo que hago es levantar los prismáticos”

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Sigo escuchando. Podría cerrar los ojos para entregarme sólo a las voces de los pájaros. A cómo se van confundiendo con el gradual despertar del estruendo urbano, con esa mezcla de audio (siringes pajariles y motores de explosión) tan habitual en este planeta desde hace menos de un siglo. Es la que sobre todo escuchamos los humanos. Somos más los que vivimos en ciudades.

Podría también cantar. Unirme al coro aunque fuera con un murmullo que sólo yo escuchara. Pero no. Ni cierro los ojos ni canto. Lo que hago es levantar los prismáticos. Busco al petirrojo. Lo encuentro rápido. Es pequeñito, pero por su forma de interpretar se me parece mucho más a Brian Johnson que a un flautista en trance místico:

Living easy, living free
Season ticket on a one-way ride
Asking nothing, leave me be
Taking everything in my stride…


Con ese ritmo enérgico bien adentro, me voy a por mi primer café (…”I’m on the way to the promised land”), y luego al curro.